Sangrienta Malvenida ha llegado a el inframundo y de una patada ha abierto el Tartaro, liberando toda clase de escupitajos de sinceridad, disparates encerrados por una eternidad, luces y sombras de historias contadas que jamas fueron oídas. Sangrienta Malvenida le ha dado una oportunidad a toda ese mundo encerrado entre Occipital y Frontal, Parietal y Temporal. Ese mundo caótico deseoso de adquirir vida propia, acaba de hallar una nueva oportunidad. Sangrienta Malvenida no sabe que lo ha hecho, pero lo ha hecho.

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La historia de Steve Blind

jueves, 6 de noviembre de 2014

Capítulo VII




Por: Armand Valerius


La gente es extraña. Dados los himpases que han acontecido últimamente, creo que deberé tener más cuidado a la hora de seleccionar a los sujetos que me rodean (en cierto modo, pues por lo general solo me rodea el vacío o el reflejo de mi sombra). ¿Cuánto tiempo ha de pasar para que por fin pueda planear toda mi represalia en contra de mis enemigos?. Cada hora que pasa es tiempo desperdiciado.

He pensado mucho, quizá demasiado. Ya ni siquiera sé si la señorita durazno es tan inocente como pensaba en un comienzo. Incluso, si lo fuera, no estaría mal que mi represalia la afectara a ella también, pues así podría reaccionar y volver a ser lo que siempre ha sido. Puede ser que estas nuevas ideas en mi mente sean sólo efecto de la frecuente insistencia de aquellas personas que tanto tratan el tema cuando me ven y charlan conmigo. Sin embargo, en el fondo, no me preocupo; mi espíritu es tan poderoso y mi voluntad tan impetuosa que, al final, siempre mi autonomía sale triunfante en estas cuestiones decisivas. Esa es mi virtud, mi poder pleno.

Ya deben ser alrededor de las dos de la tarde. No tengo ganas de levantarme de mi aposento. Lo malo es que esta habitación se ha vuelta tan poco cercana a mí; todo se ve en ella tan distante, como si hubiera cambiado de sobremanera a como alguna vez estuvo. Ya no es lo que era. Eso es lo que me ha empezado a incomodar; tal vez sea porque he dejado que entren visitas. Una sola persona puede alterar la armonía de un espacio determinado, pues todo espacio es un espacio en donde se posicionan cuerpos, la armonía de un espacio es la armonía entre ciertos cuerpos -los que ahí se encuentran, en aquel espacio determinado-, por tanto, si entra un cuerpo ajeno a aquel espacio, dicha armonía establecida entre sus cuerpos se ve trastocada; y es evidente que una persona es un cuerpo, todo lo cual puede llevar a concluir que el dejar entrar a alguien a esta habitación, que tenía su armonía establecida, puede que haya alterado su bella armonía; principal elemento que tanto me agradaba de ella.

Aun así, prefiero estar aquí dentro que allá fuera. No puedo salir a tamaña fatalidad de mundo, no en estas condiciones. Todo mundo es un mundo-para, es decir, un mundo-para-"x", donde "x" es cualquier individuo concreto, fáctico; por ello el mundo es mundo-para-alguien. Entonces el mundo que yo vivo y experimento es mío, es mi mundo circundante, en tanto mí-mundo, o dicho de otra manera, mundo-para-mí. Pero yo no escojo el mundo que me toca vivir y experimentar; ¡tamaña desgracia! ¡Un puro fatalismo! Cuando experimento el mundo  lo conozco y lo veo como un otro que está-ahí-delante, ofreciendo distintas cosas que se presentan y manifiestan, pero en realidad no es eso, sino que es una circunstancia que me rodea. ¿Por qué? Quizás sea porque yo fui arrojado al mundo. Nadie escoge su mundo; somos arrojados al mundo, a nuestra vida, a nuestra circunstancia. Y no sólo eso; además, uno se queda pasmado ante el panorama que ofrece el mundo, ese mundo que es propio de quien lo vive y experimenta. Y, lamentablemente, este mundo mío es una pura fatalidad, me asfixia y oprime en su darse ante mí.

Por todo ello prefiero estar en esta habitación. Aunque ella es parte de mi mundo, pero, por lo menos es más acorde -o lo era- a mis intereses y cuidados. Empero, sé que debo salir allá fuera, de lo contrario no podré tomar mi revancha; eso es lo único que me mueve a proponerme salir de esta habitación. ¿Acaso no es grato tener su propia cueva?. ¡Claro que lo es! Reconforta y fortalece el espíritu; luego puedes salir y andar como un dios entre bestias rumiantes. Así me siento cuando salgo de esta habitación.

Ahora recuerdo que por la mañana me llamó Chris. Quería reunirse conmigo hoy. Le dije que me era imposible, y muy prudente él, me ha dicho que lo dejemos para mañana; eso me agrada de Chris: nunca insinúa venir a verme a mi cueva. No tengo claro sobré que deseará hablar, pero, supongo, que no es sobre el asunto de mi derrota y mi venganza futura, ni nada relacionado con la señorita durazno, puesto que él nunca toca esos temas sin que yo los plantee antes. Es un tipo muy cauteloso, prudente y poco invasivo; es un buen amigo. No sólo es un buen amigo por lo que acabo de mencionar, sino que además, es de aquellos que sabe cuándo golpearte fuerte para hacerte caer más profundo, de aquellos que realmente merecen llamarse amigos. Lo fundamental en una amistad, para mí, es que sepan cuando darte ese golpe fatal, pues lo hacen sabiendo que podrás erguirte desde las profundidades de tu pozo, surgirás de las cenizas como un fénix, ese es su apoyo fundamental; no te atochan intentando compadecerte, sino que te ayudan a caer más profundo. De las caídas profundas se sacan las mejores lecciones.

Definitivamente, haré un esfuerzo y me reuniré con Chris mañana. Siempre aprovecho esas instancias que se dan en nuestras reuniones. Da igual si es en un bar, en un parque, o en una plazoleta; lo importante es la instancia que se da.

Mientras escribo estas palabras recostado en mi cama, pienso que es una falta de respeto contra el arte de escribir el que esté en mi aposento haciendo el arte de la escritura; para eso hay escritorios, como el que tengo en frente mío. No importa; lo relevante es el flujo de ideas que está en mi mente. ¡Cómo expresarlas todas a la vez! Difícil circunstancia.

Son las cuatro de la tarde. He estado bastante tiempo en estas reflexiones. Mi estómago pide alimento, pero mis piernas quieren descanso, ¡ni siquiera puedo poner de acuerdo a mi propio cuerpo! Seguramente, son pocos quienes se detienen en estas situaciones paradójicas de la vida y la experiencia fáctica. Lamentable. Ojalá hubiera más sujetos capaces de notar lo complejo que es vivir; la existencia se torna pesada a cada instante, y eso, al pensarlo bien, produce un estado extraño que no sé cómo catalogarlo. Chris lo llama angustia, según me lo ha planteado. No sé si sea eso, pero sus palabras cobran sentido en muchas ocasiones.

Creo que descansaré un poco y luego iré por comida. Hoy han ganado la batalla corporal mis piernas, mi estómago tendrá que esperar. Así son las cosas: a veces gana uno, a veces gana otro, es la lucha de la vida, más aún, es la lucha de la existencia, algo más profundo, algo del estadio ontológico de la vida misma, de la vida fáctica del sujeto. Por lo menos eso pienso. Me puedo equivocar, aunque pocas veces pasa eso.

La historia de Steve Blind

viernes, 23 de mayo de 2014

Capítulo VI




Por: Armand Valerius


Mi nombre es Silú. No me considero un gran tipo, pero tampoco soy lo peor. En realidad soy tal cual debo ser: como yo mismo. Se supone que hoy debo salir y reunirme con una de mis amistades, pues me ha llamado ayer diciendo que debemos hablar sobre lo que se ha venido dando durante estas últimas semanas. Me carga responsabilidad respecto de un hecho que, a mi parecer, no fue grave ni dañino, sino que más bien algo que debía hacer para su propio bien. Hay que despertar de las fantasías ilusas, eso es de todo mundo sabido. ¿De qué sirve vivir de quimeras? De absolutamente nada. ¡Bienvenidos a la realidad, amigos míos!

Steve tiene que estar con su dilema en soledad, pues sólo así entenderá su situación, sólo así sabrá la razón de su perjuicio. La ayuda en estos casos es poco productiva. Cuando el sujeto experimenta situaciones así debe ser dejado en paz, sobre todo cuando tiene un carácter como el de Steve. La medicina mental sería, quizá, de algún provecho, pero con sujetos de esa índole se vuelve algo estéril. El caer al precipicio, llegar a su fondo, ese es el remedio para toda mente dañada por dilemas "traumáticos", tomando esta última palabra a modo general, por supuesto. Creo que debo levantarme, sino llegaré tarde, algo que por lo demás es habitual.

El día está radiante, el aire es fresco y el sol alumbra en su justa medida. Perfecto para fumar un cigarrillo mientras camino al punto de reunión. Creo que voy unos minutos tarde, pero lo más probable es que me espere, ya sabe que siempre me retraso un poco. ¿Para qué andar apurado por la vida?

- Hola.
- Silú, como siempre has llegado tarde.
- Ya sabes, es parte de mi naturaleza.
- Deberías empezar a ver aquello, mira que tu naturaleza es bastante molesta en este aspecto.
- Bueno, tú eres quien tiene el interés de charlar, así que lo mínimo es que me esperes en caso de que tarde unos minutos.
- Unos minutos sí, pero no una hora. Es demasiado.
- Lo siento. Tuve asuntos que atender antes.
- Está bien. Vamos al grano.
- De acuerdo.
- ¿Por qué hiciste eso hace unas semanas atrás? ¿No te das cuenta que sólo empeoraste la situación? Ahora todo está en punto muerto, y no veo que vaya a mejorar.
- Fue por tu bien. Me preocupo por mis amistades. Era necesario todo lo que pasó, sino Steve te hubiera arrastrado a su pozo de lamentos.
- No lo veo de esa manera. Podía solucionar aquella controversia sin necesidad de que tú intervinieras. Aparte, Steve necesita que alguien lo haga entrar en razón, antes de que sea demasiado tarde.
- Verás, me parece que Steve necesita llevar esto solo.
- Dudo de que pueda. Está empecinado en tomar venganza, pero apartando de toda responsabilidad, y por tanto de toda represalia, a la "duraznosa". ¿Me creerías que culpa a todos menos a ella?
- Sí, te creo. Es algo esperable. Pero se sobrepondrá.
- No lo sé. Anoche lo fui a visitar, y el espectáculo que encontré en su habitación era deprimente. Había vidrios esparcidos por todo el lugar de un vaso que se había caído. Y lo peor es que no los pensaba recoger, pues culpaba al viento por botar el vaso, y al vaso mismo por ser endeble. Que estupidez.
- Al borde del delirio diría yo. Pero es pasajero, ya verás. ¿Cómo estaba anímicamente?
- Lo noté lleno de rabia, cegado por el orgullo.
- ¿Qué te ha comentado de lo que le ocurrió?
- No mucho. Terminamos en discusión.
- Entiendo, eso también era esperable. ¿Qué piensas hacer ahora?
- Nada. Ya cumplí con decirle la verdad e intentar abrirle los ojos a la realidad.
- Me parece bien que dejes a Steve con sus pesares. Debe ver la realidad por sí mismo. Y tú también. Por tanto no deberías reprocharme nada de lo que pasó hace algunas semanas atrás.
- Sabes Silú, esta conversación no tiene sentido. Me marcho.
- Está bien. Cuídate. Y recuerda que debes enfocarte en lo que te atañe ahora: tu porvenir.
- Lo sé. Adiós.
- Adiós.


Definitivamente tenía razón: todo terminó en discordia. Pero bueno, a mí esto no me perjudica, pues soy consciente de lo que me corresponde y de lo que ya está fuera de mi incumbencia. No me parece que yo haya hecho algo malo, quizás sólo fue un poco impulsivo de mi parte, pero en el fondo era lo que se debía hacer. Pero eso ya es asunto zanjado. Como la reunión ha sido breve, aprovecharé de ir por una cerveza, hay bares por aquí cerca. Esa es la maravilla del centro de la ciudad, hay muchos bares.

La historia de Steve Blind

miércoles, 21 de mayo de 2014

Capítulo V




Por: Armand Valerius


El día amaneció gris. Las habitaciones de los pacientes estaban todas ocupadas. Mr. Händler estaba haciendo su negocio del siglo, hace bastante que no se veía tan lleno el recinto. Desde que logró juntar el capital necesario para abrir este sitio tuvo la idea de que llegaría el día en que la gran mayoría acudiría en busca de su terapia "wesentlich", la cual ha significado todo un tesoro para sus bolsillos. La maravilla de la medicina daba sus frutos rentables.

A la afueras del reciento estaba Alex, fumando un cigarrillo, con un aspecto muy inquieto. Quería ver a su amigo. Ya había pasado una semana desde que había entrado a aquel lugar y aún no salía, o por lo menos así lo pensaba, pues nada sabía de él desde entonces. Al ingresar, Alex pidió hablar con Mr. Händler, el cual no se encontraba en ese momento. Muy nervioso se dio algunas vueltas por los pasillos, para ver si lograba ubicar a quien andaba buscando, pero nada encontró por aquel lugar. Se retiró del recinto bastante preocupado, lleno de pensamientos tortuosos que golpeaban su conciencia, para enmendar rumbo desconocido por entremedio de la masa de gente que pasaba por las apestadas calles de la ciudad.

Al otro lado de la ciudad, Francis se encontraba en su departamento preparando las maletas para partir. La situación la había forzado a ello. No podía tolerar tamaña conducta violenta contra su persona. En esta oportunidad se había traspasado el límite. Aunque en el fondo aún sentía un gran afecto por aquel individuo, se convencía a sí misma de que aquel cariño tenía por referencia solamente los recuerdos, las imágenes de un pasado ya vivido y consumado, que, como todo pasado, se hallaba en su ahora en un estado de muerte latente; imágenes en la memoria que estaban en un estado neutralizado, pues si bien  ya no eran estrictamente, tampoco dejaban de ser en cierto modo. Era tiempo de partir.

La historia de Steve Blind

lunes, 28 de abril de 2014

Capítulo IV




Por: Armand Valerius


Es de noche. Aún  debe resonar el portazo que he dado al salir de la habitación. Yo no sabía que esto podría terminar así, pensé que arreglaría las cosas y que sería de ayuda. Steve está demasiado encerrado en su verdad. Lo más probable es que haya maquinado todo para una no-amistad; la discusión de hoy marca un hito importante, un antes y un después: no sé si vuelva a visitarlo, esta vez fue demasiado. Y todo por denotar la responsabilidad que tiene aquel sujeto en relación a su actual estado. Claro, es más fácil culpar a cosas que no tienen voz, así nadie responde y refuta las insensateces. Espero que aquel portazo le haya dejado pensando, en compañía de un eco profundo, tan profundo como las heridas que tiene producto de su terquedad.  

Pese a estar en tranquilidad, aún me ronda un pensamiento: ¿podrá Steve ser tan fuerte para soportar este calvario que se ha ido extendiendo en el tiempo? La conversación que tuvimos todavía ronda mi cabeza; mientras  voy caminando por las calles vacías y silenciosas, vienen  a mi mente aquellas palabras que intercambiamos. Lamentablemente, aquella conversación, y posterior discusión, ha quedado en mi memoria como un cierto tipo de material dispuesto para reflexiones que no sé en qué quedarán ni a dónde irán a parar.

- ¿Cómo te has sentido? -le pregunté con un cierto atisbo de preocupación y curiosidad.
- Creo que he estado mejor en otras ocasiones, pero esto no está nada mal. He superado las molestias, pues tengo un espíritu imperecedero, y un ímpetu diabólico -me respondió con soberbia y arrogancia, mientras daba una mirada de soslayo a sus brazos, los cuales se veían muy maltrechos. Incluso en aquel estado sigue siendo soberbio.
-Entiendo. ¿Por qué no has querido recoger estos vidrios que están por toda la habitación? Al entrar casi me lastimo, cualquiera podría salir herido, eso lo sabes, ya que tú mismo estás todo cortado -le dije con una expresión rígida en mi rostro. Ciertamente, casi me corto al ingresar a la habitación.
- No tengo tiempo para recoger vidrios. Además no me corresponde, no es mi culpa que se haya caído aquel vaso torpe, es culpa del viento. Tampoco me importa que alguien más se lastime, pues nadie entra aquí; no acostumbro tener visitas. De hecho, si casi te lastimas con los vidrios es porque no has tenido cuidado, aparte tu quisiste venir acá, es tu responsabilidad, por tanto no me atañe a mí; deberías sentirte tu  más culpable, en vez de quejarte conmigo -dijo con una sequedad que me descolocó.
- Claro; es fácil ceder la culpa a otros, y luego acomodar las responsabilidades. Deberías ser más abierto a las verdades -expresé a regañadientes y en voz baja, con una molestia evidente en mi tono de voz, pues me pareció el colmo aquella manera suya de responder.
- No me compete aquello, este no es el caso en que se dé aquello que has dicho. Al parecer te ha molestado lo que te he mencionado antes, pero es la verdad. Al fin y al cabo siempre digo la verdad, ¿no lo has notado siempre?
- Por supuesto. Es tu verdad. Bueno, no importa, te ayudaré a recoger estos vidrios, pues en algo te aprecio, pese a tu carácter -dije mientras tomaba una bolsa, una escoba y una pala. Luego comencé a sacar los vidrios esparcidos por la habitación. Me preocupaba aquel desastre.
- No es necesario que hagas eso. No es algo que te importe y que debas hacer por causa o motivo alguno. No hay nada que te obligue a ello, créeme. Me puedo auto-cuidar de manera muy satisfactoria.
- Lo hago por tu bien, nuestra amistad me dicta el ayudarte en esto. Además, si lo hago, ya podrás desplazarte un poco mejor por toda la habitación, dejarás de cortarte con los vidrios al caminar, tus heridas  sanaran, sin que otro corte nuevo las agigante, tendrás la posibilidad de salir de la habitación de manera más cómoda, para que así puedas hacer tus necesidades, ir a la cocina a prepararte algo de comer, e incluso, salir a tomar aire fuera de la casa. ¿No te parece genial? Eso te ayudará a que pronto estés completamente recuperado. Y supongo que eso es lo que deseas. Supongo.
- No entiendes lo que ocurre. Estas heridas no son las que me tiene inmóvil, no son los cortes los que me obligan a estar recostado, no es por los vidrios por lo que estoy aquí, en mi habitación, todo el tiempo. Me da igual cortarme para ir en busca de alimento, o para ir al baño y hacer mis necesidades. La herida que me tiene postrado es aquella obtenida en la batalla, aquella que me ha propinado el enemigo con sus armas sofisticadas. No sirve de nada el quitar los vidrios, o quizás sólo un poco; el punto es que en lo sustancial no es gran cosa. No quiero salir, no quiero contacto con el mundo pestilente.
- Ya veo, con que es aquello otra vez -dije con voz tosca mientras me dirigía fuera de la habitación, para ir a la cocina a botar la bolsa, llena de vidrios pequeños y medianos, en el basurero. Ya sabía a lo que se estaba refiriendo este pelmazo, era lo mismo de siempre; por lo menos lo mismo que hace algunos años lo vuelve trastornado.

Ya había terminado de quitar todos los vidrios esparcidos por la habitación. Volví con una expresión seria en el rostro, con plena disposición a hablar sin reparos. Me senté en la silla que estaba en frente de un viejo escritorio y di una mirada por la ventana. Necesitaba ordenar las ideas. Algo me causaba desagrado en aquello que Steve había mencionado; y sabía muy bien qué era aquello desagradable. Luego de meditar unos minutos, volví la mirada hacia la cama, en donde se encontraba sentado, y dejé escapar una pequeña sonrisa irónica. Así me es más fácil comenzar a hablar con sinceridad.

- Entonces es aquello; lo que siempre te deja aturdido. Ambos sabemos de qué hablo -dije con serenidad y par-simonía.
- Sí. Es algo inevitable; está en mi destino, no se puede hacer más -dijo parcamente, como si realmente fuera algo plenamente determinado.
- No sé hasta qué punto es inevitable. Pero es cosa tuya, bien lo sabemos. Supongo que la señorita durazno está involucrada en todo esto, ¿cierto?
- Sí, así es; aunque no es su responsabilidad. Lo he meditado: aquí la han engañado para que ayude al enemigo. De eso estoy seguro. Se han aprovechado de su temor ante el presente, de su temor ante su existencia concreta-presente, la han distraído y dominado, y por ello ha pasado a ser la estratega maestra de toda esa milicia corrupta. Ella, en el fondo, es una pobre criatura ajena a culpa alguna, pues no sabe qué hace.
- ¿Estás seguro de aquello? ¿Qué te hace pensar así? Yo veo que la intentas salvar de toda culpa. Y es raro, incluso contradictorio, pues tú mismo  has dicho que es por culpa de aquella herida obtenida en batalla que te encuentras postrado; herida producida por el enemigo, cuyo estratega maestro es dicha señorita "duraznosa", por tanto, ella sería la culpable de tu mal. Es lógico, no puedes evitar reconocer aquel razonamiento.
- No lo veo así. Tú piensas así por conveniencia propia. Ella no es la culpable, aquí el culpable es un vaso débil y un viento impetuoso. Por culpa de ellos me he lastimado con varios cortes en el cuerpo, y ello no me ha dejado hacer cosas en vistas de mi revancha. La otra herida, la de la batalla, ha sido producida por los enemigos, no por su estratega, la cual, insisto, está siendo utilizada. Curados mis cortes, puedo sanar mi otra herida también, por medio de una planificación para mi venganza. Eso es lo que no entiendes; eso es lo que no quieres entender, pues te desagrada la señorita durazno. Eso sí que es lógico -dijo con un cierto grado de molestia, a la vez que se le colocaba el rostro rojizo, con claras muestras de acaloramiento.
- Es verdad, ella me desagrada. Pero estas mezclando cosas que no tienen razón de ser, pues lo que te digo es desde un punto objetivo. Cualquiera diría lo mismo, es de suma evidencia, y con toda lógica a la base. Creo que tu lógica está distorsionada.
- No lo creo. Tú sabes muy bien que tienes un conflicto de interés de por medio: yo. Siempre ha sido así, no puedes negar aquello.
- No quieres ver lo evidente Steve -dije con molestia, pues no quería entender algo tan claro como el agua cristalina.
- ¿Lo evidente según quién? ¿Según tú persona? Mejor vete e intenta encausar tu rumbo, pues la debilidad te empapa. Me acusas de algo que tú vives en relación a mí; no porque en tu caso sea así yo actuaré igual a ti. Quizás en el pasado, pero no en mi presente. Soy como un dios, de hecho soy "Dios" mismo en cuanto a mí ser en el mundo.
- Niegas la posibilidad de algo que se muestra a los ojos de todos; no dejas entrar la luz de la razón en lo que está pasando. Quizás necesites más heridas, o una que sea fatal, una herida de muerte -dije mientras me levantaba de la silla.
- No necesito luces de ninguna razón, me basta con la propia. Guarda tu luz para ti; te recomiendo que no sigas el camino del parasitismo, es degradante, lo sé por experiencia propia. Si logras salir de tu estado, quizás llegues a conocer la naturaleza de la divinidad, el ser-dios. Aunque lo pongo en duda.
- Tus palabras son nefastas. Te dejo en tu miseria, sólo eso queda por hacer -dije con voz alterada, con un gesto de desprecio e ira. No podía creer como tanta estupidez y fanfarronería salía de su boca.
- Creo que mi miseria es un paraíso en comparación a tu servidumbre asqueante y tu parasitismo enervado, y eso es de suma evidencia. Ninguna lógica puede ir en contra de tamaña verdad -dijo con sarcasmo, y con una leve expresión de desprecio. Realmente era todo un bastardo.

Después de aquellas palabras sólo quedó un eco: el de la puerta al cerrase fuertemente, tras la salida apresurada que realicé de aquella habitación perdida en la oscuridad de la torpeza. No toleré tamaña ofensa de su parte. ¿Tanto cuesta entrar en razón cuanto el pecho se involucra con enemigos nefastos? ¿Por qué la verdad se escapa en estos casos? Ese es un misterio. Pero lo claro es que no veo solución inmediata para este pobre diablo. Por lo menos estas estrellas nocturnas son más acogedoras a mis palabras y pensamientos, me iluminan con suavidad en este camino solitario y, ciertamente, me dan la razón  con su claridad total. Es mejor caminar en la noche y dialogar con el viento que intentar hablar con quien no quiere ver una realidad que le es perjudicial en su plenitud. ¡Cuánta soberbia  guarda el corazón humano!

Siento  esta pérdida; sí, lo más probable es que es una pérdida. Aunque tengo la idea de que Steve no piensa igual; su arrogancia lo tiene en otro plano, lejos del mundo concreto. Me preocupa su estado, pese a toda la blasfemia que me ha lanzado desde aquella boca pestilente a perfidia. El estar empecinado en una venganza que no dará fruto, y el expiar de toda culpa a la señorita durazno, serán acontecimientos que no tendrán ningún bien para  su pobre posteridad. Años antes ya pasó, y desde el subsuelo ha seguido sucediendo, gestándose daños que quizá sean irreparables, dolores que han sido poco intensos, pero que en el transcurso del tiempo han producido huellas, no en su cuerpo, sino que en su espíritu. Ahora ya han dado y un golpe más directo, pero este arrogante guerrero rastrero no ha distinguido cuál es su enemigo verdadero. No es sólo la "duraznosa", sino que es él mismo. 

La noche avanza. Estoy por llegar a casa; creo que hubiera sido mejor no haber salido de ella. No sé si pueda descansar, pero por lo menos hay algo que me deja en paz: dije la verdad objetiva. No hay intereses de por medio, más allá del solo interés de que Steve mismo esté bien. Pero el muy tacaño no entiende. Pero qué más da, tengo otros asuntos que resolver. Silú tiene que explicarme aún el porqué de aquella acción que realizo hace unas semanas atrás, la cual fue determinante en el curso de la relaciones de nuestro grupo. A veces la amistad se entorpece por puras necedades; en eso también soy yo responsable.

La historia de Steve Blind

viernes, 24 de enero de 2014

Capítulo III




Por: Armand Valerius


Es de noche. Aún  resuena el portazo que han dado al salir de la habitación. Claro, yo sabía que esto podría terminar así, era lo más evidente, pues a las personas no les agrada una verdad cruda. Menos aún a quien me ha venido a visitar. Lo más probable es que su camino hacia la no-amistad ya esté casi recorrido por completo; la discusión de hoy marca un hito importante, un antes y un después: no sabemos si nos volveremos a ver. Creo que ahora sí puedo decir que tengo tres amistades, ya no cuatro, ni tampoco dudar y dejar esa ambigüedad de "tres o cuatro", como si aún hubiera algo que me permitiera considerar una cuarta persona. Las palabras ya hicieron su labor.

Pese a estar satisfecho con lo acontecido, aun me ronda la idea de si esta persona podrá ser fuerte y sobreponerse a su debilidad. La conversación que tuvimos todavía ronda mi cabeza; mientras estoy sentado sobre mi cama desordenada e intento levantarme hacia  mi viejo escritorio, vienen  a mi mente aquellas palabras que intercambiamos. Ciertamente, esa conversación ha sido material para mis cavilaciones de esta noche.

- ¿Cómo te has sentido? -me preguntó con aspecto de preocupación mesurada.
- Creo que he estado mejor en otras ocasiones, pero esto no está nada mal. He superado las molestias, pues tengo un espíritu imperecedero, y un ímpetu diabólico -le respondí con soberbia y arrogancia, mientras daba una mirada de soslayo a sus brazos.
-Entiendo. ¿Por qué no has querido recoger estos vidrios que están por toda la habitación? Al entrar casi me lastimo, cualquiera podría salir herido, eso lo sabes, ya que tú mismo estás todo cortado -me dijo con una expresión perdida en su rostro.
- No tengo tiempo para recoger vidrios. Además no me corresponde, no es mi culpa que se haya caído aquel vaso torpe, es culpa del viento. Tampoco me importa que alguien más se lastime, pues nadie entra aquí; no acostumbro tener visitas. De hecho, si casi te lastimas con los vidrios es porque no has tenido cuidado, aparte tu quisiste venir acá, es tu responsabilidad, por tanto no me atañe a mí -dije casi maquinalmente.
- Claro; es fácil ceder la culpa a otros, y luego acomodar las responsabilidades -expresó a regañadientes y en voz baja, con una molestia evidente en su tono voz.
- No me compete aquello, este no es el caso en que se dé aquello que has dicho. Al parecer te ha molestado lo que te he mencionado antes, pero es la verdad.
- Por supuesto. Es tu verdad. Bueno, no importa, te ayudaré a recoger estos vidrios -dijo mientras tomaba una bolsa, una escoba y una pala. Luego comenzó a sacar los vidrios esparcidos por la habitación.
- No es necesario que hagas eso. No es algo que te importe y que debas hacer por causa o motivo alguno. No hay nada que te obligue a ello, créeme. 
- Lo hago por tu bien, nuestra amistad me dicta el ayudarte en esto. Además, si lo hago, ya podrás desplazarte un poco mejor por toda la habitación, dejarás de cortarte con los vidrios al caminar, tus heridas  sanaran, sin que otro corte nuevo las agigante, tendrás la posibilidad de salir de la habitación de manera más cómoda, para que así puedas hacer tus necesidades, ir a la cocina a prepararte algo de comer, e incluso, salir a tomar aire fuera de la casa. ¿No te parece genial? Eso te ayudará a que pronto estés completamente recuperado.
- No entiendes lo que ocurre. Estas heridas no son las que me tiene inmóvil, no son los cortes los que me obligan a estar recostado, no es por los vidrios por lo que estoy aquí, en mi habitación, todo el tiempo. Me da igual cortarme para ir en busca de alimento, o para ir al baño y hacer mis necesidades. La herida que me tiene postrado es aquella obtenida en la batalla, aquella que me ha propinado el enemigo con sus armas sofisticadas. No sirve de nada el quitar los vidrios, o quizás sólo un poco; el punto es que en lo sustancial no es gran cosa. 
- Ya veo, con que es aquello otra vez -dijo con voz tosca mientras se dirigía fuera de la habitación, para ir a la cocina a botar la bolsa, llena de vidrios pequeños y medianos, en el basurero.

Ya había terminado de barrer todos los restos del vaso caído. Al volver traía una expresión seria en el rostro. Se sentó en la silla que está en frente de mi viejo escritorio y dio una mirada por la ventana. Algo le causaba desagrado en todo lo que le había dicho. Luego de meditar unos minutos, volteó la mirada hacia la cama, en donde me encontraba sentado, y dejó escapar un pequeña sonrisa irónica.

- Entonces es aquello -dijo con sequedad.
- Sí. Es algo inevitable -dije parcamente.
- No sé hasta qué punto es inevitable. Pero es cosa tuya, bien lo sabemos. Supongo que la señorita durazno está involucrada en todo esto, ¿cierto?
- Sí, así es; aunque no es su responsabilidad. Lo he meditado: aquí la han engañado para que ayude al enemigo. De eso estoy seguro. Se han aprovechado de su temor ante el presente, de su temor ante su existencia concreta-presente, la han distraído y dominado, y por ello ha pasado a ser la estratega maestra de toda esa milicia corrupta.
- ¿Estás seguro de aquello? ¿Qué te hace pensar así? Yo veo que la intentas salvar de toda culpa. Y es raro, incluso contradictorio, pues tu mismo  has dicho que es por culpa de aquella herida obtenida en batalla que te encuentras postrado; herida producida por el enemigo, cuyo estratega maestro es dicha señorita "duraznosa", por tanto, ella sería la culpable de tu mal.
- No lo veo así. Tú piensas así por conveniencia propia. Ella no es la culpable, aquí el culpable es un vaso débil y un viento impetuoso. Por culpa de ellos me he lastimado con varios cortes en el cuerpo, y ello no me ha dejado hacer cosas en vistas de mi revancha. La otra herida, la de la batalla, ha sido producida por los enemigos, no por su estratega, la cual, insisto, está siendo utilizada. Curados mis cortes, puedo sanar mi otra herida también, por medio de una planificación para mi venganza. Eso es lo que no entiendes; eso es lo que no quieres entender, pues te desagrada la señorita durazno -dije con un cierto grado de molestia, a la vez que sentía mi pecho acalorado.
- Es verdad, ella me desagrada. Pero estas mezclando cosas que no tienen razón de ser, pues lo que te digo es desde un punto objetivo. 
- No lo creo. Tú sabes muy bien que tienes un conflicto de interés de por medio: yo. 
- No quieres ver lo evidente Steve -dijo con molestia notoria.
- ¿Lo evidente según quién? ¿Según tú persona? Mejor vete e intenta encausar tu rumbo, pues la debilidad te empapa. Me acusas de algo que tú vives en relación a mí; no porque en tu caso sea así yo actuaré igual a ti. Quizás en el pasado, pero no en mi presente. 
- Niegas la posibilidad de algo que se muestra a los ojos de todos; no dejas entrar la luz de la razón en lo que está pasando -dijo mientras se levantaba de la silla.
- No necesito luces de ninguna razón, me basta con la propia. Guarda tu luz para ti; te recomiendo que no sigas el camino del parasitismo, es degradante, lo sé por experiencia propia.
- Tus palabras son nefastas. Te dejo en tu miseria, sólo eso queda por hacer -dijo con voz alterada, con un gesto de desprecio e ira.
- Creo que mi miseria es un paraíso en comparación a tu servidumbre asqueante y tu parasitismo enervado -dije con sarcasmo, y con una leve expresión de desprecio.

Después de aquellas palabras sólo quedó un eco: el de la puerta al cerrase fuertemente, tras la salida apresurada de aquella amistad perdida. No toleré tamaña ofensa. Sé que me equivoco a veces, pero en este caso no acontece aquello, ¿no pueden entender eso? Claro que no; todos quieren ver algo que no es, y me acusan a mí de ser quien no ve la realidad. Es por eso que prefiero el encierro, mi habitación solitaria, antes que la compañía de miopes y simplistas.  Es mejor estar frente a mi viejo escritorio y empezar a redactar que dialogar con alguien que no quiere entender, que insiste en algo que ya ha sido aclarado antes, y que cuya última palabra ya ha sido dicha.

No siento una gran pérdida. Me preocupa más el recuperarme luego de estas heridas. Al sentarme en la silla que está frente a mi viejo escritorio, me he dado cuenta de que el malestar ha aumentado, y que algunos cortes se han abierto producto de la exaltación de la discusión que se ha producido minutos antes. Han pasado cuarenta minutos desde que salieron ofuscados por la puerta de mi habitación. Seguramente no me percaté de la sangre por estar absorto en mis pensamientos. Pero insisto: lo más importante es sanar esa herida de batalla por medio de una revancha; volveré por mi venganza, y demostraré que no estoy equivocado. Además, la señorita durazno no es factor para mí, no afecta en nada mis raciocinios y mi planificación,  pronto será superada y dejada en una caja de olvido, de donde no saldrá jamás. Y eso porque soy benévolo, pues podría exterminarla; no hay nada que supere mi genialidad.

La noche avanza. El sangrado se ha detenido. Me levanté al baño, para curar las heridas que se habían abierto, y luego fui por algo de comer. Ya todo está más calmo, el aire deja sentir la tranquilidad que me brinda esta soledad; el ambiente ya se ha limpiado de la contaminación que significa el que alguien más entre en mis espacios. Al parecer es hora de descansar. Mañana debo despertar temprano, pues intentaré levantarme para salir a dar un pequeño paseo. Necesito de ese aire fresco que sólo se consigue en medio de árboles y jardines.

La historia de Steve Blind

lunes, 13 de enero de 2014

Capítulo II




Por: Armand Valerius


Esta mañana el sol es tenue. Aunque al pasar las horas la temperatura va subiendo paulatinamente, y ello realmente se va haciendo molesto de sobremanera. Hoy, nuevamente no he podido levantarme libremente. He pensado en cómo poder lograr la victoria en la batalla, pero definitivamente se me hace complejo con esta hambre que siento. Me gustaría ir a la cocina para poder prepararme algún poco de arroz, o unos fideos blancos por último, si al final lo importante es comer alguna cosa. Sinceramente, no tengo esos gustos burgueses al comer, aquellos que se les llama "gustos gourmet". Lucho contra el capitalismo incluso al comer, eso me hace sentir un buen revolucionario, consecuente con los ideales y contrario a la burguesía y sus prácticas.

Las heridas de los cortes de vidrio se ven mejor, de hecho, si me colocara un color de ropa adecuado y  les diera unos retoques simples, se verían listas para una sesión fotográfica de primer nivel, dignas de todo un "sex symbol" o "metro sexual", de esos que gustan de las prácticas masoquistas. Latigazos, palmadas, cortes o mordiscos fuertes, a eso se reduce todo. Pero no; no soy un hombre de aquellos. Los trastornos sexuales no son los que más me afectan, sino los de otra índole.

Ahora bien, la herida más importante, y causa de mi poca movilidad, no ha mejorado para nada. Sigue igual, sin avance positivo. De hecho, mientras estoy en el viejo escritorio, el dolor de la herida viene con unas clavadas que punzan como agujas. He pensado en salir hoy por la tarde-noche, para intentar respirar un aire más libre y fresco, pero los malestares me hacen tener la idea de que no lo podré hacer. Que horrible es tener una herida como esta, donde se hace difícil el encontrar la sana curación y la posterior cicatrización. ¿Cómo sanar algo que no pertenece del todo al cuerpo? Pues claro, pertenece más a la mente, o quizás al alma. Algunos lo reducirían al cerebro, pero es evidente según el dato de la experiencia, que mi cerebro no tiene ninguna herida.

Esta es la eficacia del armamento que  está utilizando el enemigo en el campo de batalla. Y todo gracias a la astucia, y genio maligno-temeroso, de la señorita durazno; aunque yo tiendo a pensar que ella no se ha prestado con mala intensión en esta batalla, y que si ha sido la estratega y mente maestra de todo este ataque y uso de armamento sofisticado, ha sido en contra de su querer, a causa de un temor profundo, un temor ante el presente, un temor ante su misma existencia concreta y toda  su justificación como sujeto existente (o quizá "ex-sistente", en palabras de Heidegger).

Cuando pienso tanto en aquellas cosas, el dolor aumenta. Por lo mismo me doy unos descansos, y paso a escuchar alguna melodía para relajarme, para calmar el dolor y para detener los pensamientos que se relacionan con mi herida. También gusto de escribir, pero lo malo es que siempre termino pensando las mismas cuestiones, y el dolor vuelve. Aunque soy consciente: todo es dolor, esa es la verdad de la vida; esa es la esencia de la existencia. Dolor hasta la muerte. Pero, igualmente hay buenos placeres en este mundo, y esos hacen que me mantenga como hombre-vivo.

Como hombre-vivo, en ocasiones me junto con mis pocas amistades, que no pasan de ser tres o cuatro. Digo tres o cuatro, porque se da la situación de que una de esas amistades está en la vía de la no-amistad, pues, camina deprisa hacia un abismo del cual yo no la rescataré. Y justamente hoy vendrá a visitarme por la noche; yo no quería tanto que viniera, pero se ha preocupado, por el tema de los vidrios esparcidos por la habitación. Sí, los vidrios del vaso que se ha caído por culpa del viento y de su propia debilidad. Además, era un vaso de mala calidad, ya que no ha aguantado ni siquiera una caída. En fin, vendrá a visitarme aquella persona, y seguramente discutiremos; eso pasa por estar en planos distintos.

Como no saldré por la tarde -pues ya me convencí que no lo podré hacer por el malestar constante y la poca movilidad-, creo que descansaré por unas horas. Pondré un poco de música, para contrarrestar el ruido del exterior e intentaré dormir, ya que no he dormido muy bien por la noche. Además, es poco lo que puedo hacer, porque los vidrios están esparcidos por  todo el suelo, así se hace difícil moverme incluso en la misma habitación. Culpa del viento del diantre, por andar botando vasos. Claro que si; mi vaso. Maldito vaso débil, ahora no puedo ir en busca siquiera de libros, para así leer algo que me agrade. Aunque no sé si podría leer tranquilo, puesto que la herida que me tiene postrado y encerrado aquí, suele atormentar mi mente, y desvía mis pensamientos. Es ahí cuando detesto a la señorita durazno... la herida de su armamento es peor que los vidrios; o quizás sólo es sugestión. Prefiero no pensarlo, no es así, no quiero creer esa bazofia; es culpa del vaso y del viento, de los vidrios esparcidos; por ello no puedo ir por un libro, por ello no puedo leer. 

La historia de Steve Blind

viernes, 10 de enero de 2014

Capítulo I




Por: Armand Valerius


Las noches cálidas se han vuelto, en el vacío de mi soledad, una medicina embriagadora, en donde el alcohol barato cubre las heridas de una batalla perdida hace semanas. Era más fácil cuando curaban las heridas por mí, pero aquel tiempo es ya parte del pasado, es la nada, o si es algo, lo es sólo en la memoria, un "algo" que está ahí como recuerdo, como creación mental, como imagen mental de un sujeto que  es capaz de imaginar hechos según su gusto o según una decisión mental extra-voluntaria. Sentado enfrente de la mesa de mi escritorio viejo, pienso en las posibilidades que tengo ante los hechos que se me han presentado: está el suicidio, está el abalanzarse sobre la vida como un loco, está el ceder ante el tedio, o aguantar el hastío, está el entregarme para ser muerto, está el pensar de manera optimista y luchar como todo un beato... Tantas posibilidades.

El día de hoy tuve la sensación de que todo cambiaría de curso. Los aires de la mañana me hacían pensar en que todo sufriría un vuelco, pero lamentablemente he caído en un error, nuevamente. Por la tarde intenté levantarme y salir, pero el dolor de la herida me ha mantenido inmóvil sobre la cama. De hecho, no he almorzado, ni cenado, solo he ingerido un pedazo de pan y unos sorbos de sopa que quedaba del día de ayer en un plato  sobre el velador. Mi vida es ciertamente deprimente, aunque no siempre ha sido así. Todo ha cambiado desde que han acontecido estos hechos desafortunados.

Sí, todo es culpa de estos acontecimientos. Malos acontecimientos. No los responsabilizo por todo lo miserable de mi presente, pero si de una buena parte. La parte más grande y mayoritaria. No me excuso de tener responsabilidad, pero.... son los hechos los que han arruinado todo. Ese vaso nunca debió caerse. Por culpa de ello los vidrios se han esparcido por toda la habitación.

Claro, la culpa es del vaso. Y del viento, por andar soplando tan fuerte por entre las casas. Yo tenía  el vaso en un lugar muy seguro, sin que se viera  plausible el que se cayera al suelo, pero este viento del diantre  lo ha tambaleado, y el vaso todo débil y torpe se ha caído. Y ahora los vidrios rotos, así es como empieza todo. Me he cortado varias veces, pero la herida que me tiene inmovilizado es más profunda aún que aquellos cortes de vidrio, y eso que los cortes no dejan de tener cierta profundidad.

Pese a ello, no he recogido los vidrios. No tengo tiempo. Debo pensar en la batalla, pues cuando mejore debo ir por mi revancha, pues aquella batalla me ha dejado en estas condiciones. Y por supuesto que tiene que ver con el vaso y el viento. Pero además, está relacionada con la señorita durazno. Ella es la estratega que me ha dejado en este encierro forzado por los hechos... que desgracia.  Y yo que la apreciaba tanto, y quizás aún lo hago, pero no quiero pensarlo, así no lo reconozco. Y todo por culpa de ella; no, por culpa del viento y del vaso.

Concierto de Tripas.


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